Te viniste rosa, rozada por la vida. Pero ni el verde limón te enseñó a endurecer al corazón, el celeste del cielo te avisó que no era sincero. Un dulce noviembre apareció en el desierto.
-¿Son ustedes, reyes magos, mis padres abandonados?
-No. Y se cerró la puerta, dejándote del lado de afuera.
-Me estoy poniendo los pantalones, dijo el lobo al tiempo que un viento derribó la humilde casita que tus padres construyeron.
Las paredes, los techos, los muebles, todo se hizo añicos, trizas, se hicieron cenizas, pero quedaron en el olvido y ninguna pasión las reclamó.
Se fueron yendo, de a poco, hasta dejarte sola, sola con nadie más que vos. Una gota de agua salada calló de tus ojos, y golpeó fuerte sobre el pupitre donde te sentabas cuando eras rosa pero no rozada.
Un pequeño principito tomó la gota del pupitre, y mirándote fijo a los ojos como queriendo robar el momento, se la guardó.
Aquel noviembre te congeló hasta el nuevo noviembre que le siguió, los cielos cambiaron de colores, como los árboles y tu vestido.
Los cumpleaños vinieron y se fueron, vinieron y se fueron; pero vos esperabas.
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