La esposa de Juan tenía un embarazo de unos catorce meses, sus familiares estaban desesperados porque, según los médicos, el chico nacería con parto normal debido a la ubicación de su cuerpo; al parecer ya tenía la cabeza mirando hacia abajo. Los doctores descartaban la idea de hacer una cesaria, afirmaba que había que esperar.
El tiempo se extendía y en el trabajo de Juan se preocupaban. Una compañera temía por la salud de su señora, mientras se acercó a la máquina de hacer café le dijo: -Mirá, Juan, que si te pasás del tiempo se vence!.
Otra compañera -que estaba escuchando la conversación- mientras le alcanzaba el azucar a la otra, interrumpió:
-¿En serio?
-Claro -dijo con mucha seguridad mientras se sentó enfrentada al escritorio de él- es como la comida, tiene su tiempo de duración.
Mientras ellas debatían acerca del niño que llevaba en su vientre su esposa, él levantaba temperatura, la cara se le enrojecía.
-Juan ¿estás bien?, -le preguntó una. El problema con era su presión. Padecía de presión alta así que, cada vez que parecía que estallaría, en la oficina todos hablaban de cosas lindas. Inmediatamente se pusieron a hablar de cosas triviales para calmar su ansiedad.
Por suerte en el trabajo estaban muy pendientes del embarazo, y en varias oportunidades hasta le extendieron una mano para ayudarlo. En el barrio era igual sólo que la gente ponía demasiadas expectativas en este bebé que no llegaba.
Los meses siguieron pasando y las cosas se tornaron cada vez más tediosas, ya habían alcanzado los dos años de gestación y la criatura no salía. Las viejas del barrio, que sonrientes solían comentar: -Qué lindo… ese niño no quiere salir de la pancita de la mami”, ya no querían ni mirar y solo se juntaban en la esquina –con sus monederos en mano para disimular ir a comprar el pan- mientras lo criticaban cada vez que lo veían volver a casa.
En el trabajo lo aislaron, la gente ya se había cansado de la espera, y la misma que le había dicho que debía ir a visitar otros médicos porque sino el bebé podría “vencerse”, opinaba en su contra y murmuraba: “para mí que ese chico no quiere salir porque es de otro padre, y encima su esposa siempre fue una rapidita”.
Otros, aseguraban que era el hijo de un extraterrestre.
El tema es que el cuerpo de la esposa de Juan no sólo estaba sufriendo algunas pequeñas transformaciones sino que además ya no tenía una panza normal, la forma del chico podía verse a través de su piel. Las manos y la cara se visualizaban con mucha claridad y los brazos y codos, ese chico hacia lo que quería en ese cuerpo y encima seguía creciendo.
En el trabajo se dieron cuenta de que Juan necesitaba ayuda y el jefe, que era bastante poderoso y tenía influencias, intentó tocar alguno de sus contactos para que le hicieran el parto de una buena vez. Un médico vio el caso pero no se animó a tomarlo, le parecía demasiado riesgoso, ni las influencias del jefe pudieron. Sin embargo éste no dudó un segundo y le dijo a una de las empleadas: “Vos oficiarás de partera mientras los demás y yo ayudamos a que este ser nazca de una vez por todas, ya estoy cansado de esto”.
Ese día fueron todos los de la oficina a la casa de Juan a ayudar a parir a la esposa. El jefe de Juan se tuvo que sentar arriba de la panza para que el chico se ahogara y sintiera la necesidad de salir, pero nada. El engendro no salía. La que oficiaba de partera sudaba y tenía medio brazo metido adentro de la mujer mientras tenía sujetado uno de los pies del chico que logró sacar afuera, calzaba como 34. Todos miraban el pie y nadie quería seguir ayudando.
El jefe sentado sobre la panza, se movía sin parar porque el chico luchaba para no nacer. Acto seguido, la mujer pegó un grito y dijo: -Por favor basta por hoy. Mañana seguimos. El jefe se bajó de la panza y la que hacía de partera se paso la mano por la frente y con un pañuelo secó el sudor. Vamos dijo El jefe, y Juan los acompañó a la puerta.
Al otro día Juan fue a trabajar como de costumbre y al volver a casa junto a todos los de la oficina para que volvieran a ayudarlo con el parto, al atravesar la puerta ve que su mujer no estaba en la cama, la buscó por todos lados pero no había caso. El jefe de Juan le mostró unas huellas de zapatillas número 34, exactamente el tamaño del pie que todos habían visto salir del cuerpo de la buena mujer.
A partir de entonces Juan busca a su esposa sin pausa, y en el barrio se comenta que ese día vieron salir de la casa a un chico que se parecía a ella. Las malas lenguas dicen que el chico tomó el cuerpo de la mujer y se escapó. Otros, que el niño era hijo de un alienígena. Y otros, que Juan mató a su mujer para que el engendro no naciera.
Lo cierto es que nadie puede decir con certeza qué pasó en verdad, pero a partir de la desaparición de la señora y el chico, esta historia es contada como “la historia del no nacido”.