Luego de la búsqueda incansable de Juan, la esposa apareció en una clínica con un cuadro de amnesia temporal. Los médicos se contactaron con los familiares, y entonces cuando mejoró, volvió feliz a su casa.
Después de unos meses, y darse por vencidos en la búsqueda del niño; se comenta, sin saber bien cómo, que el no nacido volvió junto a su familia.
Uno de los médicos que lo asistió, consideró buena idea hacerle estudios de rutina para ver si el niño se encontraba en buen estado.
Pero por desgracia, un virus terrible se había adueñado del chico, motivo por el cual no podía salir de la casa. Ni él, ni la madre y tampoco su hermanita que iba al jardín de infantes. No debían exponerse, ya que tenían que evitar llevarle otros virus al niño, se hacía necesario encerrarse en esas cuatro paredes sin estar en contacto con el exterior, y resguardar así la salud.
Pero por desgracia, un virus terrible se había adueñado del chico, motivo por el cual no podía salir de la casa. Ni él, ni la madre y tampoco su hermanita que iba al jardín de infantes. No debían exponerse, ya que tenían que evitar llevarle otros virus al niño, se hacía necesario encerrarse en esas cuatro paredes sin estar en contacto con el exterior, y resguardar así la salud.
El único que podía salir de la casa era Juan: el padre del chico que se encargaba de hacer las compras cada vez que volvía del trabajo.
Un día cualquiera en el que Juan había vuelto del trabajo, recordó que su esposa ese día iba a cocinar pastas para la cena, así que antes de entrar a la casa, fue a comprar tomates y aceite para hacer salsa, y cuando entró y pasó la puerta, ahí mismo supo que le faltaba el queso rallado.
Pero el médico había sido claro: -Una vez que atravieses la puerta de casa, al venir de la calle, deberás lavarte las manos, cambiarte la ropa y ya no podrás salir.
Pero el médico había sido claro: -Una vez que atravieses la puerta de casa, al venir de la calle, deberás lavarte las manos, cambiarte la ropa y ya no podrás salir.
Esa noche comieron pastas sin queso.
Todos los días se repetía la misma rutina: volver del trabajo, ingresar a la casa y -como quien atraviesa una cortina de hierro- ya no poder salir.
Todos los días se repetía la misma rutina: volver del trabajo, ingresar a la casa y -como quien atraviesa una cortina de hierro- ya no poder salir.
Debía cambiarse de vestuario, y la mujer, urgente, metía las prendas en el lavarropas –y, como si fuese una religión- se colocaba el pijama, un barbijo y lavaba bien sus manos con alcohol para desinfectarlas.
A pesar de eso igualmente no lo veía; casi ni tenía contacto con el niño.
El chico estaba logrando con éxito lo que desde un principio tramó cuidadosamente: no salir al mundo.
La primera vez, a pesar de haber podido estar dentro del vientre de su madre por dos años, aún así tuvo que salir; la madre dio a luz, muy a pesar de sus maniobras para no nacer.
La primera vez, a pesar de haber podido estar dentro del vientre de su madre por dos años, aún así tuvo que salir; la madre dio a luz, muy a pesar de sus maniobras para no nacer.
Pero el engendro seguía manipulando cruelmente a la familia. Por alguna razón desconocida, había logrado tomar posesión de la voluntad del médico y lo influenció mentalmente para que éste dijera que la familia debía quedarse dentro del hogar hasta tanto se curara. Así como también indujo a la madre a comprar cortinas muy oscuras de pana y mantener la casa cerrada y en penumbras con la supuesta finalidad de que ningún virus pudiera penetrar el recinto. Y por orden médico no podrían salir de la misma por el tiempo que le lleve curarse.
La única persona agraciada, con la posibilidad de entrar y salir, era el padre; el hombre de la casa.
Convirtió ese lugar en un gran vientre: oscuro, cálido, hermético. El no nacido buscó infectarse con un virus para no volver a salir, conjurando la casa para que ésta se convirtiera en lo que ahora era; su nuevo útero, del que no sólo no salía él; tampoco la familia.
Convirtió ese lugar en un gran vientre: oscuro, cálido, hermético. El no nacido buscó infectarse con un virus para no volver a salir, conjurando la casa para que ésta se convirtiera en lo que ahora era; su nuevo útero, del que no sólo no salía él; tampoco la familia.